Cuando una persona me llama para preguntarme cuánto puede valer una obra de arte, la conversación suele comenzar de una forma muy parecida. Después de las presentaciones llega una frase que he escuchado cientos de veces a lo largo de mi trayectoria profesional:

«Tengo un cuadro en casa y me gustaría saber cuánto vale.»

Es una pregunta completamente lógica. Sin embargo, mi respuesta suele sorprender. Nunca empiezo hablando de dinero.

La primera pregunta que me hago siempre es otra mucho más importante:

¿Qué obra de arte tengo realmente delante?

Puede parecer una cuestión sencilla, pero en realidad constituye el punto de partida de cualquier valoración seria. Antes de asignar una cifra es necesario comprender la historia de la pieza, estudiar sus características, analizar su estado de conservación y situarla dentro del contexto artístico y del mercado actual.

En muchas ocasiones, las personas imaginan que tasar una obra consiste simplemente en observarla durante unos minutos y establecer un precio aproximado. La realidad es muy distinta. Detrás de una tasación profesional existe un proceso de investigación que combina conocimientos de Historia del Arte, mercado artístico, técnicas de conservación, documentación histórica y análisis comparativo.

Precisamente esa metodología es la que diferencia una opinión orientativa de una valoración profesional.

La tasación comienza mucho antes de ver la obra

Aunque pueda resultar sorprendente, una parte importante del trabajo comienza incluso antes de tener la obra delante.

Cuando un cliente contacta conmigo, una de las primeras cosas que intento conocer es el motivo por el que necesita la tasación. No es lo mismo valorar una pintura destinada a un reparto hereditario que elaborar un informe para una compañía aseguradora, una compraventa, una donación o un procedimiento judicial.

La finalidad del informe condiciona el alcance del trabajo y determina qué aspectos deberán estudiarse con mayor profundidad.

En esta primera conversación también solicito toda la información disponible sobre la obra. Pregunto si se conoce su procedencia, si existen facturas antiguas, certificados, fotografías históricas o cualquier documento relacionado con ella. Muchas veces, un pequeño dato aparentemente insignificante termina siendo de enorme utilidad durante la investigación posterior.

Cuando el cliente puede facilitar fotografías, realizo una primera revisión visual. Estas imágenes permiten obtener una orientación inicial y valorar si resulta necesaria una inspección presencial. Sin embargo, nunca sustituyen el examen físico cuando la finalidad de la tasación exige una valoración rigurosa.

El primer encuentro con la obra

Cada obra de arte cuenta una historia. Antes incluso de examinar detalles técnicos, me gusta observarla en silencio durante unos minutos.

Es un hábito que he desarrollado con los años.

En esa primera observación intento comprender el conjunto. Analizo la composición, la calidad de ejecución, el equilibrio de la obra, la técnica utilizada y la impresión general que transmite.

Solo después comienzo un examen mucho más detallado.

La superficie pictórica, la pincelada, la textura de los materiales, las posibles restauraciones, el soporte, el bastidor, el marco y el reverso empiezan a proporcionar una enorme cantidad de información.

Muchas personas se sorprenden cuando dedico tanto tiempo al reverso de un cuadro.

Sin embargo, en numerosas ocasiones el reverso explica más cosas que la propia imagen.

Etiquetas de antiguas galerías, inscripciones manuscritas, sellos de coleccionistas, numeraciones, marcas de transporte o características constructivas permiten reconstruir parte de la historia de la obra y ayudan a situarla cronológicamente.

He encontrado cuadros cuya información más importante no estaba en la pintura, sino precisamente en aquello que nunca se veía porque permanecía oculto contra la pared.

Ningún detalle es insignificante

Una de las ideas equivocadas más habituales consiste en pensar que una tasación depende exclusivamente de la firma del artista.

La firma es importante, pero representa únicamente una pequeña parte del estudio.

Durante una valoración profesional observo numerosos aspectos que, para una persona ajena al mundo del arte, pueden pasar completamente desapercibidos.

La calidad del lienzo, el tipo de preparación, la forma de tensar la tela, la construcción del bastidor, el envejecimiento natural de los materiales, la forma en que la pintura refleja la luz, las pequeñas grietas producidas por el paso del tiempo o determinadas intervenciones de restauración ofrecen información muy valiosa.

Cada uno de esos elementos ayuda a construir una visión global de la pieza.

Es precisamente la suma de todos ellos la que permite emitir una valoración fundamentada.

La investigación comienza después de la inspección

Muchas personas piensan que el trabajo termina cuando finaliza el examen físico.

En realidad, ocurre exactamente lo contrario.

Una vez abandono el domicilio del cliente o finaliza la inspección comienza una de las fases más importantes de todo el proceso: la investigación.

Es el momento de consultar bibliografía especializada, revisar archivos, comparar obras similares, estudiar resultados de subastas nacionales e internacionales y analizar toda la documentación recopilada durante la inspección.

Dependiendo del tipo de obra, esta fase puede prolongarse durante varios días.

La valoración de una pintura atribuida a un artista importante nunca debería realizarse con prisas.

Cada dato debe contrastarse cuidadosamente antes de incorporarlo al informe.

En mi trabajo siempre he considerado que una conclusión solo resulta válida cuando puede justificarse documentalmente.

Por ese motivo, la investigación constituye uno de los pilares fundamentales de cualquier tasación profesional.

La experiencia también forma parte del proceso

Existe un aspecto que raramente aparece explicado cuando se habla de tasaciones.

La experiencia.

Después de estudiar miles de obras, el ojo del perito aprende a detectar pequeños detalles que difícilmente pueden describirse en un manual.

La manera en que envejecen determinados pigmentos, la calidad de una pincelada, la naturalidad de una firma, la construcción de un bastidor o la forma en que una escultura ha sido trabajada ofrecen indicios que únicamente se adquieren tras años de contacto directo con obras originales.

Por ese motivo, dos personas pueden observar exactamente el mismo cuadro y llegar a conclusiones completamente distintas.

No porque una mire mejor que la otra.

Sino porque la experiencia permite interpretar correctamente aquello que está viendo.