Nunca he comenzado una tasación preguntándome cuánto vale una obra de arte.
Puede resultar una afirmación extraña, porque esa suele ser precisamente la primera pregunta que me formula un cliente cuando se pone en contacto conmigo. Quiere saber si el cuadro que ha heredado de sus padres tiene un gran valor, si la escultura que lleva años presidiendo el salón merece realmente la atención que siempre le ha atribuido la familia o si aquella pintura que apareció al vaciar una vivienda podría esconder algo importante.
Es una pregunta completamente comprensible. Todos buscamos respuestas rápidas cuando nos enfrentamos a algo que desconocemos.
Sin embargo, cuando una obra llega a mis manos, el dinero desaparece durante un buen rato de mi cabeza.
Antes de pensar en cifras necesito responder una pregunta mucho más importante.
¿Qué tengo realmente delante?
Esa sencilla pregunta es la que determina absolutamente todo el trabajo posterior.
Porque una tasación profesional no comienza asignando un precio.
Comienza observando.
Y observar, cuando hablamos de patrimonio artístico, significa mucho más que mirar.
Significa detenerse, analizar, hacerse preguntas y permitir que sea la propia obra la que empiece a contar su historia.
Con los años he aprendido que las obras de arte hablan. No lo hacen con palabras, naturalmente, sino a través de sus materiales, de la forma en que fueron construidas, de la calidad de una pincelada, del envejecimiento natural de un lienzo o de una pequeña etiqueta olvidada en el reverso de un cuadro.
Muchas veces esa información resulta mucho más valiosa que una firma.
Todavía recuerdo una visita en la que toda una familia estaba convencida de que la pintura más importante de la casa era un gran óleo colocado sobre la chimenea del salón principal. Era una obra que todos admiraban desde pequeños y que siempre había ocupado el lugar más destacado de la vivienda.
Mientras examinaba aquella pintura, mi atención se desvió hacia un pequeño cuadro colocado discretamente en un pasillo. Nadie hablaba de él. Apenas formaba parte de la decoración cotidiana y llevaba tantos años colgado en el mismo lugar que había terminado por hacerse invisible para todos.
Cuando finalicé el estudio, la sorpresa fue general.
La obra que despertaba menos interés terminó siendo la más relevante de toda la colección.
Aquella experiencia volvió a recordarme algo que nunca dejo de repetir a mis clientes: las apariencias, en el mundo del arte, engañan con mucha frecuencia.
Precisamente por eso una tasación nunca puede reducirse a una impresión rápida ni a una búsqueda en internet.
Cuando comienzo el estudio de una obra intento olvidarme durante unos minutos de todo aquello que el cliente espera escuchar. No pienso todavía en el mercado, ni en las subastas, ni en el posible valor económico.
Primero necesito entender la pieza.
Observo la composición, la calidad del dibujo, la forma en que el artista distribuyó la luz, el equilibrio entre los distintos elementos y la seguridad con la que resolvió cada detalle. Son aspectos que no aparecen escritos en ninguna etiqueta y que, sin embargo, ofrecen una enorme cantidad de información.
Después llega un momento que suele sorprender bastante a quienes presencian una inspección por primera vez.
Le doy la vuelta a la obra.
Más de una vez alguien me ha preguntado por qué dedico tanto tiempo a mirar la parte trasera de un cuadro cuando la pintura se encuentra delante.
La respuesta es sencilla.
Porque el reverso conserva una parte fundamental de la historia de la obra.
Allí pueden aparecer etiquetas de antiguas galerías, números de inventario, sellos de coleccionistas, anotaciones manuscritas, marcas de transporte o características del bastidor que ayudan a situar cronológicamente la pieza. Incluso la manera en que está construido un bastidor o la forma en que el lienzo ha sido tensado pueden aportar información relevante sobre su antigüedad o sobre determinadas intervenciones realizadas a lo largo del tiempo.
En ocasiones, el reverso cuenta una historia mucho más interesante que la imagen visible.
Lo mismo sucede con los materiales.
La madera, el tipo de preparación del lienzo, la textura de la capa pictórica, las pequeñas grietas producidas por el envejecimiento natural o determinadas restauraciones permiten comprender cómo ha vivido una obra durante décadas.
Ninguno de esos elementos determina por sí solo el valor de una pintura.
Pero todos ellos, observados en conjunto, empiezan a construir una explicación coherente.
Y esa explicación es precisamente la que convierte una opinión en una tasación profesional.
Muchas personas creen que el trabajo termina cuando finaliza la inspección física.
La realidad es justamente la contraria.
Cuando abandono la vivienda del cliente o regreso al despacho con toda la documentación recopilada, comienza una de las fases más largas y, probablemente, más desconocidas de mi profesión.
Empieza la investigación.
CONTINUARÁ…

