Después de muchos años trabajando como Perito Judicial de Arte y Antigüedades, hay una frase que escucho con enorme frecuencia cuando una familia me abre la puerta de una vivienda heredada:

«Aquí no hay nada de valor.»

Curiosamente, esa afirmación muchas veces termina siendo completamente falsa.

He realizado inventarios y tasaciones en viviendas donde un pequeño cuadro colgado en un pasillo resultó tener un valor muy superior al del mobiliario principal. También he encontrado relojes históricos guardados en un cajón, esculturas olvidadas en un trastero, porcelanas de importantes manufacturas europeas mezcladas con vajillas corrientes o documentos históricos cuya existencia desconocían incluso los propios herederos.

No ocurre porque las familias actúen con negligencia. Ocurre porque es completamente normal no saber identificar una antigüedad o valorar una obra de arte. Del mismo modo que nadie espera que una persona pueda diagnosticar una enfermedad sin ser médico, tampoco es razonable pensar que un heredero pueda conocer el verdadero valor artístico, histórico o económico de un patrimonio heredado.

Precisamente por ello, antes de repartir una herencia conviene detenerse un momento y hacerse una pregunta muy sencilla:

Responder correctamente a esa pregunta puede evitar pérdidas económicas importantes, conflictos familiares y decisiones difíciles de corregir en el futuro.

En este artículo voy a explicar cómo preparo profesionalmente una herencia cuando existen obras de arte, antigüedades o bienes de interés histórico, cuáles son los errores que observo con mayor frecuencia y por qué una correcta planificación protege tanto el patrimonio económico como la historia de una familia.

Una herencia es mucho más que una vivienda

Cuando hablamos de una herencia, la mayoría de las personas piensa inmediatamente en inmuebles, cuentas bancarias o inversiones.

Sin embargo, el contenido de una vivienda también forma parte del patrimonio hereditario.

En una misma casa pueden convivir durante décadas cuadros, esculturas, mobiliario antiguo, relojes, platería, porcelanas, alfombras, libros, manuscritos, objetos arqueológicos, colecciones, documentos históricos o piezas adquiridas durante toda una vida.

Muchas veces esos bienes han pasado de generación en generación y se han integrado tanto en el entorno familiar que dejan de percibirse como objetos con entidad propia.

Es precisamente esa familiaridad la que hace que numerosos patrimonios sean infravalorados.

Con frecuencia, los herederos recuerdan perfectamente quién compró un determinado cuadro o quién utilizaba un reloj concreto, pero desconocen completamente su importancia artística o su valor de mercado.

Por esa razón, el primer objetivo nunca debería ser repartir.

El primer objetivo debe ser conocer el patrimonio.

El mayor error: repartir antes de identificar

Existe un error que observo continuamente en mi trabajo.

Los herederos, con la mejor intención, comienzan a distribuir los bienes de la vivienda.

Uno escoge un cuadro porque siempre le gustó.

Otro se queda con el despacho.

Otro prefiere la colección de relojes.

Otro decide conservar la biblioteca.

Todo parece resolverse de forma amistosa hasta que, meses después, descubren que una de aquellas piezas tenía un valor muy superior al resto.

En ese momento aparecen las dudas.

¿Debe modificarse el reparto?

¿Debe compensarse económicamente?

¿Quién conocía realmente el valor?

Muchas veces el conflicto no nace por mala fe.

Nace simplemente porque nadie sabía lo que tenía delante.

Ese tipo de situaciones pueden evitarse casi siempre mediante una correcta preparación de la herencia.

Preparar una herencia significa proteger a toda la familia

Cuando hablo de preparar una herencia, algunas personas piensan que se trata de complicar innecesariamente el proceso.

Sucede exactamente lo contrario.

Preparar una herencia significa facilitar todas las decisiones posteriores.

Una correcta preparación permite:

  • conocer exactamente qué bienes forman parte del patrimonio;
  • identificar posibles piezas de interés histórico o artístico;
  • determinar el valor real de cada objeto;
  • documentar correctamente toda la colección;
  • facilitar el trabajo de abogados y notarios;
  • evitar repartos desequilibrados;
  • reducir conflictos familiares;
  • conservar la memoria del patrimonio para futuras generaciones.

En definitiva, preparar una herencia no consiste únicamente en conocer cuánto vale una colección.

Consiste en comprender qué patrimonio ha recibido realmente la familia.

El primer paso: realizar una inspección profesional

Antes de emitir cualquier valoración, siempre realizo una inspección completa del inmueble.

No se trata únicamente de observar los objetos visibles.

También es necesario revisar despachos, vitrinas, bibliotecas, altillos, almacenes, habitaciones cerradas y, en muchas ocasiones, trasteros donde permanecen guardadas piezas desde hace décadas.

Es precisamente durante esa inspección cuando suelen aparecer las mayores sorpresas.

No es extraño encontrar pequeños dibujos originales mezclados entre láminas decorativas, esculturas almacenadas sin identificar, relojes guardados en cajas, documentos históricos, fotografías antiguas o colecciones cuyo interés había pasado completamente desapercibido.

Cada vivienda cuenta una historia distinta.

Y esa historia comienza mucho antes de asignar un valor económico a sus bienes.

Inventariar no es hacer una lista

Una de las ideas equivocadas más extendidas consiste en pensar que un inventario es simplemente una relación de objetos.

Un inventario profesional tiene un alcance mucho mayor.

Cada pieza queda documentada individualmente mediante una ficha técnica que incorpora, entre otros aspectos:

  • descripción completa;
  • materiales;
  • técnica de ejecución;
  • medidas;
  • fotografías;
  • estado de conservación;
  • firmas, marcas o inscripciones;
  • observaciones relevantes.

Gracias a esta documentación es posible identificar correctamente cada objeto y evitar confusiones futuras.

Además, el inventario constituye la base sobre la que posteriormente se desarrollarán la catalogación, la tasación y el informe pericial.

Catalogar significa estudiar

Una vez inventariadas las piezas comienza una fase que considero esencial: la catalogación.

Catalogar una obra de arte no consiste simplemente en escribir «cuadro antiguo» o «mueble de madera».

Supone estudiar cada objeto desde un punto de vista histórico y técnico.

Durante este proceso se analiza, entre otras cuestiones:

  • cronología aproximada;
  • escuela artística;
  • materiales originales;
  • técnicas utilizadas;
  • posibles restauraciones;
  • atribuciones;
  • función original;
  • contexto histórico.

Este trabajo permite comprender realmente qué representa cada pieza dentro del conjunto patrimonial.

Y solo cuando una obra ha sido correctamente identificada resulta posible valorar su importancia económica de forma rigurosa.

Un caso que nunca olvido

Hace algunos años fui contratada para inventariar el contenido de una vivienda cuyos propietarios pensaban que las piezas más importantes eran un gran comedor de madera tallada y varios relojes de pared.

Durante la inspección observé un pequeño óleo colgado en un distribuidor que apenas llamaba la atención.

La familia llevaba décadas pasando delante de aquella pintura sin prestarle demasiada importancia.

Tras su estudio y posterior valoración, resultó ser una de las obras más relevantes de toda la colección.

Si la vivienda se hubiera vaciado antes del inventario, probablemente aquella pieza habría terminado formando parte de un reparto completamente desequilibrado.

Ese caso reforzó una idea que transmito siempre a mis clientes:

Nunca conviene tomar decisiones sobre un patrimonio antes de conocerlo realmente.